1. Desvelar las causas del anti gitanismo

 

Gran parte de lo que le ocurre política y socialmente al Pueblo Gitano, especialmente en el Estado español, es reducido a una simple y llana casuística fatalista sin origen determinado ni fin posible. Es decir, no se sabe bien por qué razones, pero los Kale viven hacinados en sucios guetos de la periferia metropolitana, fracasan estrepitosamente en la escuela y en los institutos -si es que llegan-; no se sabe por qué, pero los calós y calís son escandalosamente pobres, temerosos de la policía y de las administraciones; no se sabe por qué, pero los Kale pueblan las cárceles del territorio y son destinatarios de políticas dirigidas a “colectivos en riesgo de exclusión social” a través de programas del Estado ejecutados por los servicios sociales en sus intentos fallidos por remediar por medio del control y la disciplina su inconsciente complejo de culpa.

La histórica opresión de la comunidad gitana se alimenta de un fuerte discurso místico, casi teológico, que ha intoxicado la visión romaní con el peligroso germen del pesimismo existencial dominante. Es imposible transformar las vidas gitanas, tal es el epíteto dogmático con el que se clausura cualquier posibilidad de cambio político. Esta es una teología de la resignación, heredera de la religión nihilista de Estado, que abre la puerta al inmovilismo social y al folklorismo culturalista, cuando no a un activismo endogámico puramente reactivo que ha perdido de vista quién es el verdadero enemigo. Los efectos de esta ideología eminentemente anti gitana afectan psicológica y moralmente a las propias personas gitanas, creando sujetos emocionalmente desarraigados que se entretienen en una deshumanizadora carrera de competición por las migajas económicas o por el estatus social, político, económico y académico individual.

No obstante, las causas de la situación de injusticia que experimentan las comunidades gitanas se explican teniendo como punto principal de enfoque los patrones de opresión inaugurados con el Estado moderno. Por lo tanto, y si coincidimos en señalar que la forma de racismo que afecta a nuestra comunidad tiene raíces históricas e ideológicas concretas, debemos reconocer que existen -si no existen debemos crearlas- formas concretas de destruir las bases de esta miserable realidad. Esto implica abrazar cierta forma de optimismo que vislumbra el fin futuro del racismo, la abolición de la raza y de sus tentáculos. En lo que respecta a nuestro pueblo, ni tan siquiera el anti racismo dominante ha sabido desvelar adecuadamente las formas a partir de las cuales los Kale son recluidos férreamente en vida, a pesar de que la importancia de un análisis lúcido sobre el anti gitanismo en el Estado español puede aportar claves esenciales a la crítica general sobre el racismo en este territorio.

 

  1. El laboratorio social de la escuela

La segregación escolar del alumnado gitano, que comparte destino con las comunidades provenientes de las ex colonias, representa una realidad aplastante indistintamente en cientos de centros educativos pertenecientes a Andalucía, Catalunya, Valencia, Galicia, Castilla y León, País Vasco, Castilla La Mancha, Murcia, Extremadura, etc… que ha sido denunciada por organismos tan poco sospechosos de ser anti sistémicos como la Agencia de la Unión Europea de Derechos Fundamentales (FRA) o por el mismo Defensor del Pueblo. Si las familias gitanas son segregadas en el espacio público de la ciudad, desplazadas hacia el barrio periférico, la escuela gueto no representa sino una forma de fortalecer la continuidad de una existencia precaria y subdesarrollada para una comunidad humana cuya dominación exitosa depende, fundamentalmente, de su claudicación ante el destino de muerte social que le es fabricado desde las instituciones.

Pero cuidado, lo que nos preocupa no es el hecho supuestamente neutro de que existan escuelas en las que el porcentaje de niños, niñas gitanas y migrantes alcance la mayoría aplastante. La cuestión es que esta es una realidad que está lejos de ser inofensiva e intercultural. Conocemos bien, ya que muchos de nosotros hemos asistido a dichos colegios e institutos, la clase de educación paupérrima, deficiente y racista que es impartida en tales centros. No solo hemos sido alumnos en estas aulas, también hemos trabajado en ellas como mediadores y como técnicos en prevención del absentismo escolar en nuestra edad adulta. No hablamos de oídas ni nos guiamos por opiniones sesudas de quienes edifican discursos mediocres y análisis tibios que contentan a todos los sectores del parlamento. La realidad experimentada por estos jóvenes en los centros educativos segregados es simplemente insoportable. A la extraordinaria desidia y desmotivación de la mayoría de los profesores no gitanos que dirigen estas escuelas se suma su falta de formación y, a menudo, su falta de interés, en lo que respecta al problema del racismo. Pronto, estos muchachos y muchachas aprenden que son inferiores, que no tienen la capacidad para aspirar a sus verdaderas metas, sino que deben contentarse con ocupar el lugar subalterno de sus padres: el supuesto lugar natural de los gitanos y gitanas en la sociedad contemporánea europea. Es en este ambiente de control, de desprecio y olvido en el que aprenden la lección más importante y funcional al sistema que les oprime: no merece la pena luchar.

Nos atrevemos a advertir que uno de los frentes fundamentales del emergente anti racismo del Estado español deberá ser la segregación racial del sistema educativo. Como en tantos otros frentes, la experiencia gitana puede esclarecer puntos ciegos fundamentales del análisis y la lucha anti racista. Si nuestros hermanos y hermanas migrantes quieren descubrir cómo serán tratados sus descendientes en las ciudades del Estado español, no tienen más que mirar a los gitanos y gitanas. Si quieren adquirir más fortaleza en su denuncia de la nociva falacia de la integración, no tienen más que mirar que ha sido de nosotros y nosotras en estos territorios durante los últimos cinco siglos. Denunciar las perversas dinámicas institucionales que dirigen a nuestros jóvenes hacia estos centros segregados, enfrentar públicamente su situación y las condiciones que los hacen posibles a través de campañas mediáticas de información y repulsa se consolida actualmente como una necesidad urgente en el campo anti racista. Se ha dicho que la clave en nuestra percepción sobre esta cuestión consiste en dejar de asumir que los y las jóvenes gitanas fracasan en el sistema educativo para pasar a denunciar que es el sistema educativo el que fracasa con los mismos. No es cierto, el sistema educativo no fracasa. De hecho, consigue sus objetivos exitósamente año tras año: frustrar y subalternizar a los muchachos gitanos como al resto de jóvenes racializados. Por lo tanto, no albergamos una perspectiva ingenua sobre las supuestas nobles intenciones y tristes fracasos del sistema educativo, sino que lo señalamos como dispositivo clave de control y poder, así como correa de transmisión del racismo institucional.